El Camino de la Sal en el Diario Pregon de Jujuy

12 de Septiembre, 2009


Texto del diario Pregon del día Domingo 6 de septiembre 2009, en la sección de Turismo

EL CAMINO DE LA SAL, RECORRIDO POR UNA CARAVANA DE LLAMAS

El camino de la sal, que une la ciudad de Tilcara con las Salinas Grandes jujeñas, era utilizado hasta hace apenas seis años por familias salineras que con ayuda de tropas de burros intercambiaban cargas de sal, carne de llama y animales (los mismos burros cargueros) por fruta –manzanas, peras y duraznos- de la Quebrada de Humahuaca. Pero nadie sabe con seguridad cuándo fue la última Caravana de Llamas que utilizó el camino.
La historia oral no registra evidencia, aunque una foto de 1908 en la biblioteca del Instituto Interdisciplinario de Tilcara muestra una recua de llamas con sus cargas de sal, en inmediaciones de la estación del ferrocarril.
Ahora, pasados cien años de esa foto, decidimos volver a abrir el Camino de Sal, en el marco del programa Turismo Rural de Base comunitaria, que propone la Secretaría de Turismo de nuestra provincia. En esto estamos trabajando los miembros de la comunidad aborigen Pozo Colorado, Santiago y Carlos Lamas y Alfredo Valdivieso, y Santos Manfredi, guía local tilcareño especializado en la recuperación de la llama como animal de carga.
Serge y Marie Odine, viajeros llegados desde Francia, fueron los primeros turistas en realizar la experiencia.

BITÁCORA

El viaje comienza en el margen este del Salar, en el hermoso paraje Pozo Colorado. Después de pasar la noche en la comunidad para hacer una adaptación a la altura, nos levantamos con la primera claridad del cielo.
En el corral de las llamas hicimos un “Chayaco” (ritual para bendecir el viaje y la tropa) donde ofrecemos alcohol y coca a la Pachamama e infloramos a las diez llamas cargueras que nos acompañarán en nuestro viaje.
Antonia Díaz fue la encargada de prepararnos el exquisito almuerzo para nuestro primer día de caravana. Después de las ofrendas y de despedirnos de las familias, empezamos la caminata rumbo al sol naciente; 90 kilómetros, o cinco días de marcha aproximadamente, nos separaban de Tilcara.
Las llamas, con paso señorial, caminaban inmutas por el desierto de arena y tola. Un grupo de vicuñas corre delante nuestro y un cielo turquesa enmarca un lejano cordón montañoso de amarillos, ocres y colorados.
Por la tarde, en una parada en el camino, ya nos esperaba la familia Valdivieso, que nos brindó una esmerada atención, que incluyó buenas camas y abrigo. También pudimos compartir su cocina junto al fuego, donde en una pequeña vasija de barro con fondo de arena tostamos el maíz para hacer “Wilpada” (harina de maíz tostado mezclado con agua fría y azúcar, bebida energizante especial para los caminantes).
Las cálidas manos de la mamá de Alfredo, uno de nuestros guías, habían amasado cantidad de tortillas para agregar a nuestro “avio” (comida para el viaje).
A la madrugada siguiente, cerca de las cinco de la mañana, ya se sentían los primeros movimientos en la casa. Abdón Valdivieso, dueño de casa, y su mujer nos preparaban el almuerzo, mientras ofrecían mate con yuyos para los primeros pensamientos matinales. Ya despuntando el alba, aprovisionamos de alfalfa alas llamas y mientras preparábamos las cargas, api y tortillas, nos despedíamos de la última familia que veríamos en los próximos tres días.
Ya se terminaba el camino llano de la Puna y empezábamos el ascenso del cordón montañoso que nos separa de la zona de Quebrada.
Pasado el medio día encontramos la primera apacheta, que evidenciaba un camino milenario: restos de mineral de cobre y tiestos se podían observar junto al lugar ritual. Hicimos la “chaya” correspondiente, pidiendo a la Pacha permiso y protección. Dejamos también dos piedras envueltas en lana de llama de colores, correspondientes a la señal de nuestras llamas. Era nuestra señal de “por aquí pasamos”. Tres apachetas más nos esperaban.
Ya habíamos hecho un cuarto de nuestro viaje y las montañas se levantaban gigantes sobre nuestros pasos. Por la tarde un cerro morado nos sirvió de abrigo y un pequeño río nos dio de beber antes de convertirse en hielo en la oscuridad del ocaso.
Tercer día: por la mañana, la rústica y bondadosa madera de tola nos dio luz y calor para preparar café. La luna curiosa iluminaba nuestros planes, teníamos que pasar las nacientes de Lipán, Hueco mino y llegar al Alto antes del medio día, sino “waira” (el viento) “puede divertirse con nosotros y sacarnos del camino”, comentan Santiago y Carlos, que ya habían hecho el camino cuando jóvenes (10 y 12 años de edad respectivamente) junto a sus abuelos.
Todo sale según lo planeado y, agradeciendo y chayando la tercera apacheta, ya podemos divisar en el horizonte la serranía de Tilcara. Seguimos viaje para buscar refugio; en la altura, los borbotones de hielo saliendo desde las rocas a pleno medio día nos indican que no es conveniente pasar la noche allí.
Cuarto día: ya estamos en zona de Quebrada y el clima se percibe diferente. Dejamos atrás las tropas de guanacos que con sus relinchos parecían insultarnos… no se si a nosotros o a sus primos “llamos” por haberse aburguesado.
Nuestro camino es en bajada. Se ve más cerca la Paleta del Pintor de Maimará y ya sentimos la nostalgia de que nuestro viaje termina.
La expedición es exigente para todos, hombres y llamas, y decidimos hacer campamento temprano junto al primer árbol que vemos en cuatro días, un churqui añoso que parece haber sido refugio de antiguas tropas caravaneras.
Quinto día: ansiosos por completar nuestra travesía, temprano estamos listos para el último descenso hacia la quebrada de Huichaira. A media mañana vemos las primeras casas y los teléfonos móviles empiezan a sonar recibiendo mensajes después de varios días de obligada indiferencia.
Nuestro camino ya tiene movimiento y ruido citadino; un kilómetro tenemos que hacer por la ruta 9 para llegar a destino.
Foto obligada junto al cartel que da la bienvenida a Tilcara y tarea cumplida.
Nos queda la enseñanza del camino, nos queda un aire de paz en el corazón. Y ganas de mostrar a futuros viajeros un camino que sigue vivo.

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